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jueves, 10 de mayo de 2007

La plancha

Imagino que muchos de vosotros habréis comido alguna vez en un buffet libre durante vuestras merecidas vacaciones. Gracias a ellos solemos volver a nuestros hogares quejándonos de que nuestra ropa ha encogido, especialmente aquéllos de mandíbula alegre que caemos fácilmente en las tentaciones del yantar. Aprovechamos la pensión completa del hotel para deleitarnos con platos y cantidades que no son habituales sobre nuestros manteles. Mi reciente estancia en Lanzarote no ha sido una excepción, pero ha merecido la pena por el espectáculo tan divertido que nos deparábamos los propios clientes, y sin coste adicional alguno.

La rutina es siempre la misma. Coges un plato y guardas cola como un buen chico para ir sirviéndote lo que deseas de las distintas bandejas. Pero lo de guardar cola es un concepto que a determinadas edades cae en desuso, como el de no radiar la película durante su proyección. Siempre hay algún anciano y sobre todo alguna anciana que se te cuela por su pintado morro. Y no te esfuerces, porque de nada te va a servir lanzarle miradas que serían letales para cualquier paquidermo. Con más oros encima que una convención gitana, comienzan a hablar con otra mujer que sí guardaba cola de la buena pinta de la paella o de la mala de la vecina de mesa. Cualquier excusa es buena para ponerse delante tuya, dejarte con cara de gilipollas y con unas tremendas ganas de ponerles tu plato por sombrero, como a los cochinillos segovianos.

Afortunadamente en la plancha, la zona del buffet donde la reventa haría estragos, jamás hubo cochinillo. De no haber sido así, probablemente yo no estaría aquí para contarlo pues la marabunta del IMSERSO habría acabado conmigo. Enseguida se notaba cuando había algo de calidad, pues si en la plancha tocaba, por ejemplo, lubina, veías al requeté de ancianos formando en fila dispuesto a que la cocinera vaciase en sus andorgas el Mediterráneo, con Serrat y su guitarra incluidos. Si esa mañana te habías levantado valiente y osabas pedir uno de sus peces, te olisqueaban de arriba abajo. Diseccionaban y comparaban tu pieza cual Grissom en CSI, pero con gafas de Gucci compradas en el mercadillo a 6 euros una, 11 euros dos y 15 euros tres.

Cuando el gañote flojea porque la dirección del hotel ha decidido poner rancho de diario, el mostrador de la plancha queda casi desierto. Pero siempre acaba apareciendo algún inspector retirado que se da una vuelta por allí al final de su comida, más que nada para ir bajándola. De paso aprovecha para chupar los restos orgánicos del buffet que a rosca logra extraer con su mondadientes. Algunos de estos individuos llegan a hacer unas virguerías con los palillos que ya quisieran nuestras chicas de gimnasia rítmica. Estoy convencido de que con un simple mondadientes y unas clases de solfeo por correspondencia, acabarían tocando el violonchelo mejor que el difunto Rostropovich.

Y yo me pregunto, ¿para qué querrán en los hoteles el servicio de animación? En todo caso haría falta el de reanimación, debido a tanto atracón y mal de ojo por unas chuletas de cordero. De la animación ya nos encargamos los comensales, especialmente aquéllos que hacen de la hora de la comida un espectáculo digno de ser recordado. Gracias a mis compañeros-rivales de buffet, pues su simpatía y juego limpio me han escrito el artículo de hoy. Que les aproveche.