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miércoles, 28 de noviembre de 2007

Cavando con Scorsese

Se acaba de presentar en Madrid la campaña publicitaria de Freixenet para las próximas fiestas navideñas. El clásico anuncio protagonizado por actores, cantantes o modelos, es sustituido por otros del director italoamericano Martin Scorsese, rodados en la capital del mundo, Nueva York. Según dicen, los directivos de la empresa catalana le han impuesto que no ruede escenas violentas, lo cual parece razonable, pues conociendo a este director no sería de extrañar que las gachís aburbujadas guardasen un revólver en el escote, junto al décimo de lotería. Sería apoteósico que Freixenet se enfrentase a su máxima competidora, Codorníu, contrarrestando su bucólica imagen de los fuegos artificiales en el castillo de Peralada con la contundencia del fuego cruzado entre burbujas en pleno corazón del Bronx.

Pero me temo que la máxima licencia que se permita pueda consistir en que el chico de la gorra nos dispare con el corcho de la botella en un ojo. Aun así, este director es el ideal para rodar anuncios de fechas tan familiares. Nadie como él ha trasladado al celuloide las tensiones que se viven en las familias por antonomasia: las de la mafia. No debemos olvidar que la navidad suele ser la culminación de un año de trifulcas porque la gente, en el fondo, no se puede ni ver. A pesar de ello, cuando el Corte Inglés inaugura en octubre las fiestas tú empiezas a patearte las tiendas, mientras te preguntas dónde hará las compras navideñas Zapatero, para atreverse a decirnos que la cosa de los dineros nos va muy bien. Hasta que una tarde de sábado, la visa te dice que ya no puede más, y acabas en una tienda de otra mafia, la china, comprando los regalos de la suegra y de otros familiares de similares afectos. Allí es donde constatas que este año los Reyes Magos sí que van a venir de Oriente.

Por fin, tras dos meses de agonía, llegan tan entrañables fechas en que nos acordamos con tristeza de quienes se marcharon. Y la suegra, a lo suyo, pretendiendo que tú también engroses esa nómina de difuntos, ofreciéndote unos huevos rellenos de nunca has sabido qué. Los papás, a su vez, se cruzan dardos envenenados presumiendo de las notas de sus niños, mientras chupan afanosamente cabezas de langostinos. Progenitores que son, sin duda, el mejor exponente del hampa. Pero no del inmortalizado tantas veces por Scorsese, sino de las asociaciones de madres y padres de alumnos víctimas del nuevo sistema educativo, de ahí la hache.

Al menos me consuelo pensando que este tierno retablo familiar debe de ser internacional, incluido el pobre cuñado basculándose una botella de cava o de garrafón, lo importante es olvidar. Seguramente sólo nos diferenciaremos en que, mientras en Alemania escuchan a Peter Alexander cantando Stille Nacht o en Estados Unidos a Frank Sinatra entonando White Christmas, aquí optamos por los peces en el río de Manolo Escobar. Pero lo importante es que, una vez más, volveremos a brindar porque el año que viene podamos seguir llevándonos a tiro limpio. Feliz navidad.

viernes, 23 de noviembre de 2007

¿Comida basura?

El pasado viernes por la noche, Cuatro emitió un estremecedor reportaje en su programa Callejeros. En él pudimos ver, sin sutilezas ni ambages, el medio de subsistencia de decenas de miles de personas en nuestros país. Cuando llega la noche, un gentío se concentra a las puertas de los supermercados y demás centros de alimentación, aguardando sus contenedores de basura con la comida que desechan. Envases rotos o abollados, alimentos en el límite de su fecha de caducidad, productos, en definitiva, que saben que no van a ser comprados por sus clientes, son tirados por los comercios y comidos por muchos ciudadanos. Personas como tú y como yo, que la gran mayoría tuvieron una familia, un hogar, un futuro, una pareja..., que por diversas circunstancias han acabado viviendo en la indigencia, y que salen en plena noche a comer nuestra basura, mientras nosotros dormimos a pierna suelta.

El umbral de la pobreza se sitúa actualmente en los 6.000 euros anuales. Cerca de diez millones de ciudadanos que residen en nuestro país viven por debajo del citado umbral. Entre ellos, se encuentran la mitad de nuestros ancianos. Mientras, los beneficios empresariales han crecido un 73% en la última década, el doble que la media europea. Sin embargo, de los sueldos, qué te voy a contar de ellos que tú no sepas. Ante semejante cuadro, seguimos mirando hacia otra parte, quizá por lo de los ojos que no ven. Preferimos no ver a quienes desean dejar de ser invisibles para que su corazón pueda sentir que, a pesar de todo, merece la pena continuar. Olvidamos que ellos son también nosotros, aunque no tengan monovolumen, apartamento en Torrevieja o hipoteca por no beber leche Pascual. Salvo que encuentren un cartón caducado en nuestro contenedor y les toque una cadena perpetua, qué suerte.

Dichosos quienes podemos seguir viviendo dignamente, aunque ya veremos hasta cuándo. Mientras seguimos perdiendo el tiempo y las energías, defendiendo a los de una trinchera y atacando a los de la otra, ellos nos están esquilmando. Como enésima prueba del latrocinio político que estamos sufriendo, los dos ministros que han estudiado en la última década cómo hacernos nuevos agujeros, para apretar más aún nuestros sufridos cinturones, ya no caben en sí mismos. Ojalá las víctimas más indefensas de este neoliberalismo, que hoy se alimentan de nuestras basuras, logren despertar la miserable conciencia de la humanidad. Un mundo mejor debe y puede ser posible. Como afirma el sabio José Luis Sampedro: "Vivimos en una sociedad, muy rica en conocimiento científico y enormemente pobre en sabiduría, que es el arte de vivir, de llevar al colmo las potencialidades de la existencia humana".

Fragmentos del reportaje ¿Comida basura?

jueves, 15 de noviembre de 2007

Alfredo Landa

Persiguió suecas en Torremolinos y un futuro mejor en Alemania. Fue mariquita de día y ligón de noche, novio decente en el pueblo y Rodríguez trasnochado en la capital. Sufrió las humillaciones de un terrateniente y disfrutó la gloria de una quiniela de catorce. También fue militar en distintas plazas, delincuente de poca monta, cura de buen corazón, gasolinero y detective privado, así como otros muchos personajes de los gremios más variopintos. Para la historia y el Espasa ha dejado todo un género, el landismo, con esas guiris que por mucho que les gritásemos no entendían lo que les decíamos, pero sí lo que pretendíamos. Aprendimos con él que ellas sólo querían sol y manzanilla, y que de tocarles algo únicamente podrían ser las castañuelas, y olé. Si un día revisásemos en orden cronológico su vastísima obra cinematográfica, podríamos comprobar cuánto hemos cambiado: de la España del boom turístico de los sesenta a la del boom inmobiliario del siglo XXI. Menuda ostia nos vamos a dar.

Pese a ser uno de los más grandes, se nos ha retirado sigilosamente. Como esos silencios con los que ha expresado tanto en el final de su grandiosa carrera, él, que en sus comienzos era tan dado a hablar y gesticular. Pero cuando alguien logra llegar a la cumbre, descubre atónito que las palabras no eran necesarias para expresar las emociones que forman parte de nuestro inconsciente colectivo. Una mirada, un beso, una caricia, un guiño, una sonrisa... pueden decirlo todo sin decir nada. Nuestro cine ha acabado hallando en él a uno de sus mejores ancianos, que como ya nadie los escucha porque chochean, se acaban especializando en silencios, sin duda mucho más sabios que las palabras de quienes les hacen callar. En esto, también ha sido un maestro.

Cuando suba al escenario para recoger el Goya de Honor por toda su carrera, estarán siendo homenajeadas las 133 películas en que participó, así como toda una época de nuestro cine y, por tanto, de nuestras vidas. Recordaremos la España que fuimos y en la que hoy no queremos reconocernos pues, a pesar de todo, estamos mejor que entonces. Su homenaje lo será también a un país que fue aprendiendo a vivir como este genial cómico a actuar: de manera autodidacta, a trompicones, timoratamente, intentando caer de pie con suerte desigual. Varias generaciones hemos reído y llorado con sus personajes tiernos y viscerales, aunque actualmente pocos admitan seguir haciéndolo, pues ahora todos somos de arte y ensayo en versión original. Hoy, ya sólo nos queda darle las gracias por haber sabido entendernos tan bien, por interpretarnos con un cariño que jamás le podremos devolver, y por haber dedicado toda su vida a hacer menos infeliz la de los demás.