No hay nada como salir de fin de semana para llegar derrengado al lunes. Hay que ver lo que nos gusta salir, y si puede ser todos a la vez, mucho mejor. Nos gusta sentirnos masa. Cada viernes, cientos de miles de vehículos toman las carreteras en procesión, y todo por rebañar a la semana día y medio lejos de la gran ciudad. La rutina es siempre la misma: maletas, bolsas con comida, juguetes para el niño, juguetes para el perro y material de costura para la suegra. El domingo por la tarde, después de la reglamentaria siesta, vuelta a empezar, a veces con más bultos que en la ida. Siempre te tienes que llevar unas cajas de fruta del huerto de la prima, y algunos botes de conserva que se acaban pudriendo en la despensa, relegados a los postres por los helados, que ya hace la calor.
Pero qué sería de esa tarde de domingo sin el Carrusel Deportivo, sin esos niños reclamando atención para sus necesidades fisiológicas sin los eufemismos de los adultos. Esos inenarrables atardeceres de atascos a la altura de Motilla del Palancar, con el abuelo preguntando cada diez minutos si queda mucho para llegar. Esa madre piándolas porque van a tener que cenar albóndigas descongeladas al microondas, y todo por tu culpa, Manolo, que mira que te digo que hay que salir antes. Y ese sufrido Manolo, que sólo piensa en qué será de él ahora que se ha acabado
Por fin llega el lunes para descansar del fin de semana, pero resulta que tienes que sacarte el pasaporte para, pongamos, irte a Túnez. Si no tuviste bastante con las retenciones cienkilométricas de la ida y la vuelta de tu fin de semana,
