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jueves, 26 de julio de 2007

Las mulas del MOPU

Para demostrar que han hecho sus deberes durante el año y justificar la pasta que nos sacan durante el mismo, los distintos organismos oficiales suelen publicar en verano diversos informes sobre asuntos de lo más variopinto. Uno de los últimos es sobre el estado (malo) de las carreteras españolas, las cuales, por mucho que se apliquen sus responsables durante el período estival, no podrán contar ni con un cinco raspado en septiembre. Estos mangas verdes nos informan de que hay muchas carreteras mal señalizadas e intersecciones en zonas peligrosas, además de pavimentos calamitosos. Por ello la DGT siempre carga toda la responsabilidad de los accidentes, lógicamente, en los costaleros hombros de los conductores.

En ocasiones, cualquier tiempo pasado sí que fue mejor, de ahí el renovado éxito de las vacaciones de los Alcántara, treinta y tantos años después. Digo esto porque hace pocos días, mientras intentaba hacerme el valiente para entrar en las gélidas aguas del Charco del Cura, en El Tiemblo (Ávila), un lugareño que debía de ser descendiente de Sócrates, aportó a mi escasa cultura un dato que tambaleó mis cimientos intelectuales. El anciano me explicó que los animales eran muy listos, y sin duda mucho más intuitivos que las personas. Esto era cierto hasta tal punto, que me aseguró que antiguamente las carreteras eran trazadas por las mulas. Me quedé tan helado como si hubiese introducido mi cuerpo serrano en las aguas del citado pantano.

Dos paisanos tembleños que también estaban presentes, corroboraron las palabras del filósofo. Parece ser que las mulas tienen un instinto especial para llegar al lugar más inaccesible, de tal forma que cuando antes se quería construir un camino a cualquier parte, bastaba con seguir a las mulas. Muchas carreteras comarcales, puertos, etc., han sido trazados así, y al parecer son inmejorables. El hombrecillo terminó su clase magistral con la siguiente reflexión: ¿para qué sirven todos los ingenieros de obras públicas que se tiran siete u ocho años estudiando, si los mejores caminos siempre los trazaron las mulas? Dicho esto, y tras haberme alumbrado con su sabiduría rural, se marchó con viento del sur y un palillo entre los dientes monte arriba, con la única compañía de su vieja perra.

Desgraciadamente, el conductor de hoy sólo sabe ir de compras: que si un GPS, que si un detector de rádares, que si unos puntos de carné a trescientos euros la unidad... Todo con tal de poder seguir haciendo el burro, o la mula, con el todoterreno que se ha agenciado. Eso sí es un coche, y no la mierda del 600 de sus padres que no apabullaba a nadie. Y hablando de burros y mulas, yo creía que eran ellas las que trazaban los caminos, pero que de la señalización ya se encargaba el ser humano. Desgraciadamente he llegado a la conclusión de que el filósofo rural me engañó, pues por lo que dice el informe y he sufrido en volante propio, hoy debe de ser justo al revés. Yo creo que ahora las carreteras son trazadas por seres humanos y las señales colocadas por mulas, y así nos va.

lunes, 25 de junio de 2007

Las colas

No hay nada como salir de fin de semana para llegar derrengado al lunes. Hay que ver lo que nos gusta salir, y si puede ser todos a la vez, mucho mejor. Nos gusta sentirnos masa. Cada viernes, cientos de miles de vehículos toman las carreteras en procesión, y todo por rebañar a la semana día y medio lejos de la gran ciudad. La rutina es siempre la misma: maletas, bolsas con comida, juguetes para el niño, juguetes para el perro y material de costura para la suegra. El domingo por la tarde, después de la reglamentaria siesta, vuelta a empezar, a veces con más bultos que en la ida. Siempre te tienes que llevar unas cajas de fruta del huerto de la prima, y algunos botes de conserva que se acaban pudriendo en la despensa, relegados a los postres por los helados, que ya hace la calor.

Pero qué sería de esa tarde de domingo sin el Carrusel Deportivo, sin esos niños reclamando atención para sus necesidades fisiológicas sin los eufemismos de los adultos. Esos inenarrables atardeceres de atascos a la altura de Motilla del Palancar, con el abuelo preguntando cada diez minutos si queda mucho para llegar. Esa madre piándolas porque van a tener que cenar albóndigas descongeladas al microondas, y todo por tu culpa, Manolo, que mira que te digo que hay que salir antes. Y ese sufrido Manolo, que sólo piensa en qué será de él ahora que se ha acabado la Liga. Pues será que tendrás que esperar un par de meses a que vuelva a rodar el balón sobre el rectángulo de juego, que dirían los originales locutores españoles. Sólo entonces podrás reactivar tu sentimiento tribal al alegrarte por las victorias y ayunar por las derrotas de once tíos para los que no existes.

Por fin llega el lunes para descansar del fin de semana, pero resulta que tienes que sacarte el pasaporte para, pongamos, irte a Túnez. Si no tuviste bastante con las retenciones cienkilométricas de la ida y la vuelta de tu fin de semana, la Administración Pública te obsequia con más. Cinco horas guardando cola a la puerta de una comisaría es algo propio de nuestra España que, como diría un profesor de mi hermano, es el país más avanzado de África. ¿Es o no es para que se detengan a sí mismos? Consuela que en este caso no te den la tabarra con campañas publicitarias de precaución, amigo conductor. Y es que esta clase de caravana se forma en la acera, por tracción animal y por tanto ecológica, sin adelantamientos peligrosos. Miento. Siempre hay algún jeta, o muchos, que hábilmente intentan adelantarte indistintamente por el interior o el exterior. Normalmente es gente que peina canas, cabelleras teñidas, o directamente no gastan peine. Y todo para conseguir un resguardo, a cambio del cual te entregarán un documento por el que, en concepto de tasas, te han cobrado 16,90 euros. Como la diesel para ir de aquí a Zaragoza, si no hay colas.