Mostrando entradas con la etiqueta guerra. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta guerra. Mostrar todas las entradas

miércoles, 3 de octubre de 2007

Algunas gotas buenas

Llueve. En algunos lugares arrecia. Las televisiones retransmiten desde las localidades afectadas por las tormentas. Casas y negocios inundados, vecinos achicando agua y mirones saludando a lo Ronaldinho. En otras partes del mundo, las lluvias causan estragos mucho mayores, asolando hogares que nunca lo fueron. Terremotos, huracanes e incendios también son útiles a los medios, que movilizan unidades móviles y hacen un directo desde las zonas damnificadas. Y cuando la naturaleza se toma un respiro, si es que le resulta posible con la contaminación que la asedia, siempre pueden echar mano de los sucesos.

Nueva vuelta de tuerca al caso de los McCann, que ya no el de Maddie, pues todos suponemos la suerte que ha corrido. Otra niña aparece muerta tras haberla perdido su padre en claro estado de embriaguez. Otra mujer asesinada por su expareja pese a la orden de alejamiento. Dictaduras emergentes y en decadencia, quemas de banderas y fotos, violadores, terroristas... Parece que en el mundo sólo ocurren cosas malas, por lo que estamos condenados perpetuamente a sufrir esta gota malaya mediática. No es de extrañar entonces que el pueblo soberano acabe optando por Borja Thyssen, Paquirrín, Cañita Brava y el porno duro de las cadenas locales. O que las máximas audiencias se concentren en las retransmisiones deportivas.

Hoy están llegando al mundo millares de nuevas vidas. Mientras miles de seres humanos se matan por petróleo, religión o un pedazo de tierra, varios millones copulan para que vengan muchos más, o por el simple placer de darle alegría a su cuerpo. En todo el planeta muchísimos médicos salvan vidas diariamente, aunque a unos pocos se les vaya la mano con el paciente o al culo de la enfermera. También hay gente que reza con devoción por la salud de los enfermos y la memoria de los que ya no pueden ver Escenas de matrimonio. Y padres que quieren a sus hijos, consumiendo con ellos el poco tiempo y energía que les quedan cuando regresan exhaustos a casa. E incluso románticos que todavía escriben cartas de amor porque creen en él, plagiando a Bécquer con metáforas tan manidas como necesarias.

Cuando hoy enciendas el televisor, te volverán a apabullar con las soflamas políticas de las marionetas de siempre, y con el banquete diario de crímenes, violaciones y guerras. Pero también puedes optar por apagarlo, y contemplar a tu gato, a tu cónyuge, o a ti mismo. Entonces descubrirías que no todo es tan malo, y que de vez en cuando resulta hasta saludable constatar que en el mundo queda muchísima gente como tú. Seres que todavía pueden sentir la silenciosa belleza que les rodea, pues también forman parte de ella. Aunque afuera siga lloviendo.

martes, 25 de septiembre de 2007

Soldadito español

Dos soldados del otrora aguerrido ejército español fallecieron ayer en Afganistán. El gobierno de su país les ha concedido el distintivo rojo por, literalmente, “haber fallecido como consecuencia de acciones violentas de elementos hostiles”. Pero la viuda de Germán Pérez Burgos le dirá a su hijo huérfano que papá era militar y murió en la guerra. Al resto de la población nos tranquilizarán asegurándonos que hay que luchar por la paz, que España es un país de paz, y que sí a la paz y no a la guerra. Ese niño sabrá la irremediable verdad, mientras que los demás viviremos en el maravilloso mundo que nos pinta con su perenne sonrisa ese prestidigitador de la palabra que tenemos por presidente. Y es que al igual que la frase favorita de los magos es “Nada por aquí y nada por allá”, ésta podría resumir también el trasfondo del pensamiento vano que se ha instalado en Moncloa junto a Sonsoles y las niñas.

Muy certeramente, Gustavo Bueno ha denominado “pensamiento Alicia”, haciendo referencia al país de las maravillas de Lewis Carroll, al buenismo intelectual del que hace gala Zapatero. Al secretario general del PSOE se le llena la boca hablando de paz, Alianzas de civilizaciones, progreso, bienestar, sin entrar jamás en los problemas de fondo para alcanzar esas utopías a las que todos nos apuntaríamos. Su pueril planteamiento para cautivar a los votantes consiste en convencernos de que gracias a él viviremos en un mundo ideal. Como todos preferimos la paz a la guerra seremos un gobierno de paz, aunque en la vida real maten a nuestros soldados en la guerra. Como todos preferimos que nuestros hijos aprueben a que suspendan, crearemos un sistema educativo en el que hasta yo sacaría sobresalientes, aunque en la vida real nuestros niños sean analfabetos funcionales. Pero las consecuencias de tanta bonhomía carente de fundamentos van a ser funestas.

Aunque quizá sea precisamente esto lo que persigan Rodríguez y sus muchachos. Quizá deseen lograr que las muertes en una guerra acaben siendo para los ciudadanos simples fallecimientos “por acciones violentas de elementos hostiles”. O sea, como si hubiesen muerto a la salida de un derby en manos de unos ultras. Y la mejor forma de alcanzar ese objetivo es educando a la ciudadanía con mensajes tan hermosos como irreales. El mundo feliz que nos están vendiendo desde Moncloa es tan peligroso y falso como el de Huxley. Un mundo a la carta de paz, amor, fraternidad, igualdad, bondad, progreso, y café y viviendas para todos. Éste es el soma que nos administra Zapatero, mientras repatrían a dos soldados españoles que han muerto en un mundo donde, desgraciadamente, hay guerras, odio, injusticia y pobreza. Y desde ayer dos familias más rotas, a las que no consolarán las palabras de este pacifista de salón, que emplea arbitrariamente y para su uso personal los mejores medios de nuestro ejército de juguete.

martes, 11 de septiembre de 2007

Feliz cumpleaños

Hoy cumplen seis años Rebeca, Philip, Mohamed, Irene, Ralph, Ibrahim, Yoshiro, Claudia, Walter y Linda. Y como ellos miles de niños que vinieron al mundo en esta misma fecha, una más del calendario humano del horror. Ninguno puede ya jugar tranquilamente en la calle, independientemente de donde vivan. Si nacen en el lado del mundo de los buenos, porque de cualquier esquina puede irrumpir el Wally barbudo y sin rayas rojas que tiene más vídeos que el Youtube. Y si lo hacen en el de los malos, porque el fuego amigo o enemigo puede acabar convirtiéndolo en un daño colateral más. La gran lacra de la humanidad ya no es el hambre o la enfermedad sino el terrorismo, aunque la captura de Ben Laden no ayude a pagar los gastos del dentista de los niños.

Hace seis años que unos iluminados occidentales pusieron en marcha un plan para convertirnos definitivamente en sus esclavos. Los nuevos padres de hoy, en su niñez de los ochenta, ya fueron advertidos del peligro actual en la película futurista Blade Runner. “Es toda una experiencia vivir con miedo, ¿verdad? Eso es lo que significa ser esclavo”. Hemos dejado de ser esos arrojados niños que se disparaban rayos láser apuntando con el dedo, para convertirnos en adultos paralizados por el dedo acusador de cualquier tarado en el poder. Mesías patrocinadores de guerras en las que millones de niños del bando pobre del mundo sólo sirven para ganar el Pulitzer. Niños de brazos quemados que sostienen un peluche y que sonríen a la cámara por el mero hecho de saberse aún vivos.

Afortunadamente vuelve Gran Hermano para seguir alienando a los auténticos grandes hermanos, nosotros mismos, millones de concursantes en un plató infinitamente mayor que el del frenopático de Guadalix de la Sierra. Así nos van acostumbrando a la fiscalización de todos nuestros movimientos, desde los bancarios a los peristálticos. Lo que hoy hacen los satélites es lo que siempre hizo la Iglesia. La Santa Madre también se dedicó con la catequesis a corromper la bendita inocencia infantil, traficando con conceptos tan nefastos como el pecado o el infierno: así nació el sentimiento de culpa. Es lo mismo que ahora hace la OTAN dirigida por el iluminado de Texas, pero la Iglesia manipulando al de Belén. Necesitamos un mundo en que los niños vivan en libertad, sí, pero eso significa dignamente, sin miedos ni fantasmas que les despojen a ellos y a nosotros del paraíso que trajeron al nacer. Sólo si despertamos de esta colosal pesadilla del miedo, lograremos que sus próximos cumpleaños puedan ser más felices. Ellos se lo merecen, y nosotros también.