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lunes, 1 de octubre de 2007

El rey y yo

No es que Juan Carlos y yo seamos amigos. Ni siquiera nos hemos visto de lejos, separados por una horda de vítores y banderitas rojigualdas. Sin embargo, creo que nos conocemos tan bien como si hubiésemos compartido borracheras y putas. Porque ahora resulta que el rey es un personaje más de la prensa del colorín: mujeriego, vividor, vago y corrupto multimillonario. Los Peñafieles no paran de darle caña por esos motivos, cobrando una pasta por ponerlo a parir en la nueva ágora pública que es el ventano digital. Pero el público, que enfervorecido aplaude las gracias de estos contertulios ante una señal del regidor, no se percata de que las miserias del rey son las de ellos mismos. “Cada pueblo tiene los gobernantes que merece”, y el nuestro, aunque ahora nos rasguemos las vestiduras, no es una excepción.

Es cierto que la gran mayoría de los españoles sustituye la caza por el pantano, los yates por el Xsara Picasso y las recepciones oficiales por las comidas demenciales en casa de la suegra. No seré yo quien te descubra que en nuestra democracia está todo muy mal repartido. Pero seguramente tú, y yo, y cualquiera de nosotros, se colaría de rondón en ese mundo ideal, que cantaba el ahora bailarín Serafín Zubiri. No debemos de olvidar que somos el pueblo que inspiró la literatura picaresca, alcanzando su máximo esplendor con Quevedo, pero cuyos influjos llegan hasta la España de Zapatero.

Todos nosotros llevamos dentro el espíritu “Soy un truhán, soy un señor”, que en los setenta cantaba el hijo de Papuchi y en los ochenta mitificó Tricicle. Si podemos, los nacionales nos colamos en la compra, y si nos devuelven de más nos lo quedamos; robamos ancho de banda inalámbrico, pirateando de paso todo lo que se ponga a tiro de ratón; nos colamos también en las bodas, buscando el regalo más barato de la lista, y comprándonos ropa para esos eventos que devolveremos el lunes siguiente; y prolongamos exageradamente una baja médica, por no ver el careto del mismo impresentable al que lamemos el culo para que nos ascienda y así poder lamer otro trasero de más rancio abolengo.

Esta España que ha convertido al Dioni en un icono nacional, no puede exigirle gran cosa a los de arriba. Si tú o yo pudiésemos corrompernos, seguramente seríamos como ellos. Compadrearíamos con reyes y presidentes de repúblicas, con empresarios y sindicalistas, con nobles y villanos. Y a la salud del pueblo nos repartiríamos un gigantesco pastel, que no entiende de diabetes ni de ideologías monárquicas o republicanas. Como ya decía nuestro citado Quevedo: “El dinero no cambia a la gente, sólo la descubre”.

miércoles, 5 de septiembre de 2007

En La Zarzuela usan Ariel

Las pirañas de la casquería televisiva nos informan de que la princesa doña Letizia, al igual que su suegra doña Sofía, repite alguna vez vestuario. Al parecer, la futura reina de España ha sido descubierta en varias ocasiones con el mismo modelo. Para que luego digan los republicanos que nuestra Familia Real no es tan real como la del tercero derecha. Es cierto que la ropa que visten no la suelen comprar en ningún rastrillo, aunque el organizado anualmente por nuestra nobleza suele contar con prendas monísimas, todo sea para ayudar a los pobres. Pero no lo es menos que nuestra realeza, como nosotros, también repite vestuario. Yo, sin ir más lejos, hoy repito camisa, pues ya la llevé la semana pasada. Eso sí, con otros pantalones y otros calzoncillos.

Matizo lo de la ropa interior porque los súbditos ingleses, aunque tengan la monarquía más solemne del mundo, no son tan limpios como nosotros. Y es que al parecer no tienen costumbre de cambiarse regularmente de gayumbos, y eso que allí llueve más. No es de extrañar que la Corona inglesa esté en horas bajas, pues incluso su reina ordena a todo su servicio que sólo tire de la cadena tras haber hecho mayores. Quizá será porque en Madrid le hemos puesto su nombre a nuestro canal, y querrá ahorrar agua para no molestar a nuestra dama de hierro doméstica. Sin embargo, la realeza española es diferente porque, otra cosa no, pero limpios son un rato, aunque nos acusen de oler a ajo.

¿Quién podría sospechar que nuestra Familia Real repite vestuario? Nadie. Y es que en esa casa lavan sus trapos como en ninguna, todo hay que decirlo. Será por eso que nos deslumbran tanto. Y es que mientras en Inglaterra Isabel II aborrecía a Diana de Gales, aquí nuestra reina y Letizia se han hecho íntimas. La gran noticia del verano no podía ser otra que verlas departir juntas en el yate, probablemente sobre lo caro que se va a poner todo por la subida del pienso. Por eso no me extrañaría nada que también hiciesen la colada juntas. ¿Se imaginan a ambas lavando los trapos monárquicos, mientras cantan Ojos verdes o Tatuaje? Los españoles podemos sentirnos muy orgullosos de que sean tan sencillas, a la par que aseadas. Porque una cosa es repetir modelito, quién no lo ha hecho alguna vez, y otra muy distinta ir jediendo a jembra.