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jueves, 25 de octubre de 2007

Desmantelando la Sanidad Pública

La Voz de Galicia ha publicado una indignante entrevista con Manuel Martín, portavoz de la Plataforma de Defensa de la Sanidad Pública. En ella revela lo que todos ya sabíamos: la doble dedicación de muchos de nuestros médicos, por la mañana en la Seguridad Social y por la tarde en consulta privada. Este médico afirma que los pacientes que acuden al chiringuito particular que tiene montado el galeno de turno, después son colados en las listas de espera públicas. Y si les regalas un jamón, a ser posible de bellota pues los médicos suelen ser de morro fino, con suerte hasta te hacen un 2x1 quirúrgico. Lagarto, lagarto.

Lo más sorprendente de esta realidad que todos conocemos y hemos sufrido, aunque no aparezca en los telediarios, radica en que esta práctica es ilegal. Pero aquí no pasa nada, y si pasa, se le saluda. Al parecer, cientos de médicos españoles desatienden a diario y premeditadamente sus consultas matinales. Su único objetivo es que todos aquellos bichos raros que quieran dejar de estar enfermos, acaben pasando por su caja, que el fin de año en Baqueira sale por un pico. Y el que no pueda pagárselo que le atienda Vilches, ahora que ha salido de la trena, donde todos estos doctores corruptos deberían estar.

Estamos asistiendo a un progresivo desmantelamiento de nuestra Sanidad Pública, que antaño fue una de las mejores del mundo. De hecho, los nuevos hospitales de la red sanitaria madrileña van a externalizar las pruebas analíticas. Lo que no sabemos es si serán los pacientes quienes deban pasear el botecito por todo Madrid, o ya se encargarán en el hospital de hacérselo llegar al laboratorio. Visto cómo está el patio, no sería de extrañar que acogiéndote a la primera opción te puedan ofrecer número para operarte de varices en el 2010, aunque todavía no las padezcas. Es lo que se podría denominar medicina futurista, pues de tanto paseo con el botecito y tanto esperar de pie, seguro que te acaban saliendo. Y que luego digan algunos agoreros que no progresamos...

Para ahorrar gastos probablemente acaben pidiéndonos que llevemos la orina en una botella de vino, eso sí, de vidrio, que es reciclable. Y que conste que esto último no es fruto de mi imaginación, porque siendo adolescente presencié atónito cómo una enfermera abroncaba a un anciano pobre por ese motivo. Se notaba que el hombre no era usuario de consultas vespertinas, pues tuvo la poca delicadeza de llevar su muestra urinaria en una botella del Tío de la bota. Un paciente con clase lo hubiese hecho en una de Moët Chandon, pero siempre tras habérsela basculado el agradecido especialista de pago a la salud de Hipócrates.

lunes, 6 de agosto de 2007

Sábado por la tarde

Si en Madrid no existiera El Corte Inglés, habría que inventarlo. Hace décadas sirvió para que nuestros padres se divirtieran en su niñez con el colosal descubrimiento de las escaleras mecánicas, cuando aquí apenas había edificios con ascensores. Actualmente estos grandes almacenes siguen cumpliendo una gran labor social, tanto para aquellos niños de la posguerra, hoy ya ancianos, como para el resto de su prole. Y es que, en plena canícula estival, los grandes almacenes más populares de nuestro país logran unir a las familias mucho más que las homilías de Rouco Varela, por mucha voluntad que le ponga nuestro arzobispo.

Para tranquilidad de muchos, debo de decir que España sigue siendo católica, apostólica y romana, y más aún su capital, feudo de la derecha desde hace más de una década. Pero con cuarenta grados a la sombra, los fieles prefieren pasar la tarde de los sábados probando el aire acondicionado de El Corte Inglés, a estar escuchando pasajes de los evangelios. Es una cuestión de pragmatismo y de salud pública. Así que ahí los tienes: los padres, los hijos, los abuelos, y hasta un tío de Soria que se ha acercado a visitarlos este fin de semana, de romería por las distintas plantas de estos grandes almacenes. Es lo que se podría denominar ocio gratuito y refrigerado de interior, que la calle está muy peligrosa.

Los niños no disfrutan de la visita como los mayores, pues ellos preferirían pasar la tarde del sábado en un cine de la Gran Vía viendo al ratón cocinero de Disney. Al final transigen a regañadientes, pues el padre les ha prometido que, si se portan bien, les comprará a la salida el DVD del maldito roedor, en el primer mantero que haya de guardia. Una vez sobornada la infancia prosiguen la visita, con parada obligada en la sección de aire acondicionado y demás electrodomésticos de refrigeración. Allí gozan de los aparatos que están en funcionamiento, concluyendo que el año que viene se comprarán uno si baja el euribor, les toca la lotería o heredan del abuelo que llevan a su lado.

También es forzosa la visita a la planta de zapatería, pues tiene confortables sillones desde donde ver a la gente que, como ellos, pasean ociosos por la planta. Y es que mucho andar cansa. Tanto, que si no hay dependientes en la costa, también les puede dar por probar en sus propias carnes los sillones anatómicos y los sofás con chaise-long. Así hasta que se aproxima la hora del cierre, con la satisfacción de haber pasado la tarde en familia, fresquitos, y sin haber gastado un euro. Esto último es un decir, pues mientras los niños madrileños de antes se conformaban con subir y bajar las escaleras mecánicas, los de ahora no se callan hasta que les compras la copia pirata del puñetero ratón.

jueves, 14 de junio de 2007

De psiquiatras y abogados

Ya nos avisó Rubén Blades en Pedro Navaja de que “La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, ay, Dios”. Aun así, jamás podía imaginar la estrecha y tácita relación existente entre abogados y psiquiatras, pues aparentemente son dos profesiones antagónicas. Mientras unos viven del delito y la trapacería inherentes al ser humano, los otros lo hacen de la soledad y el dolor ajenos. Cuál no ha sido mi sorpresa al escuchar a un psiquiatra, casualmente, decir que está muy agradecido a los abogados, pues si no existieran tendría la mitad de pacientes. Al parecer los clientes de los picapleitos, cuando acuden a sus despachos por primera vez, ya van de por sí calentitos, en un estado preneurótico, y a veces sin el prefijo. Pero cuando dichos clientes llevan varios meses sufriendo las consecuencias de haber contratado a un abogado sin escrúpulos, o sea, a un abogado, acaban sentados irremediablemente en alguno de los divanes que tan solicitados están en estos convulsos tiempos.

Si uno lo piensa detenidamente, puede descubrir que la abogacía y la psiquiatría se complementan. El abogado vive de perorar irrefrenablemente y sin sentido. El psiquiatra vive de hacer como que escucha cosas que tampoco tienen sentido. Debe de ser un espectáculo digno de reventa ver a un abogado con un psiquiatra como cliente. El primero no pararía de contarle mentiras, mientras el segundo, callado, diagnosticaría mentalmente al felón tan pelma que tiene enfrente. Si se intercambiasen los roles tampoco se notaría, pues la única diferencia estribaría en quién cobra en cada ocasión, que es lo que les importa. Me imagino al psiquiatra cuando atienda telefónicamente a su paciente abogado, dejando el teléfono hablando solo, pues ni le ve ni le cobra, mientras contempla por la ventana qué bonita es Badalona.

Los abogados siempre han vivido de su charlatanería falaz y compulsiva, por ello la política es el terreno donde estos pendejos se mueven como piraña en el agua, mientras que los psiquiatras se ganan la vida, como escribe mi tocayo Fernando Vallejo en su excelente novela El desbarrancadero, “por oírte curar solo”. Espero por tu bien que no tengas que acabar en manos de un psiquiatra, y menos aún tras haber pasado por la lengua de un togado. Aunque tanto el abogado como el psiquiatra te levantan la cartera, el primero además te quita la salud, mientras que el segundo se limita a no restituírtela. Visto así me quedo con el psiquiatra, que además calladito siempre se ha estado más guapo. Y quizá también por el chiste sobre picapleitos que me contó el otro día mi amigo el doctorcito. “¿Sabes por qué nunca aparece un abogado en los sellos de correos?: porque la gente no sabría qué lado escupir”.