Mostrando entradas con la etiqueta educacion. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta educacion. Mostrar todas las entradas

viernes, 2 de noviembre de 2007

Las palabras

Un senador del PNV va a solicitar a la Ministra de Educación que en todas las escuelas españolas se impartan el catalán, el euskera, el valenciano y el gallego. El responsable de tan brillante idea responde al nombre de Javier Maqueda tanto en Cataluña, Euskadi, Comunidad Valenciana y Galicia como en una tienda de Todo a cien. Al parecer su única pretensión es conseguir un compromiso serio del Gobierno Central con el plurilingüismo. Quizá dentro de una década hayamos logrado que nuestros jóvenes no sepan hablar en cinco lenguas distintas. A eso lo llamo yo educar a la ciudadanía. No sabrán hablar, pero ayudarán a cruzar a las viejecitas y llamarán señor magrebí a los oriundos de Marruecos.

Quizá lo que persigan nuestros próceres sea que los votantes ignoren que sus políticos son unos impresentables, como si creyésemos ahora que no lo son. Y qué mejor forma de conseguirlo que académicamente, demoliendo un sistema educativo tras otro y, por si quedase algo en pie, dinamitarlo con un plurilingüismo regional. De seguir así, no sería de extrañar que acabemos comunicándonos mediante un tam-tam con bluetooth de serie. Aunque mientras Bill Gates no invente otra cosa, las personas tendremos que apañarnos con las palabras para comunicarnos. Palabras que además son, por suerte o por desgracia, las únicas herramientas de que disponemos actualmente para pensar. La libertad de cualquier ser humano, incluso de un español, depende en gran medida de que pueda articular razonamientos por sí mismo. Y para ello es indispensable que domine a la perfección la lengua con la que piensa, que normalmente suele ser la materna.

Hoy, se estila mucho que nos quejemos de lo mal que está la televisión, pero las audiencias no engañan, como el algodón y el Predictor. Es de suponer que alguien verá Gran Hermano, Escenas de Matrimonio y las salsas de distintas colores que no se cortan ni con ácido clorhídrico. Para más inri, los programadores televisivos esgrimen en su defensa que ellos sólo le ofrecen a la audiencia lo que ésta pide. Pero lo que no dicen es que la clase política tiene un interés desmedido por lograr que la gente sólo sirva para ver el rebaño de Gran Hermano y escuchar el corral del Koala. Fauna toda ella que, por cierto, me pregunto si no hablará en alguna lengua muerta. Aunque aquí lo único que importa, al final, es que el buen ciudadano repita lo que le dice su radio cada mañana, mientras se afeita o depila el bigote, como quien recita la tabla del tres.

viernes, 7 de septiembre de 2007

El perro no muerde

Si ya lo decía Campoamor: “En este mundo cruel nada es verdad o es mentira, todo es según del color del cristal con que se mira”. Ahora, probablemente, no se limitaría a llamarlo cruel. Lo que sí parece irrefutable es que, como entonces, todos tenemos nuestro punto de vista y también todos, casualmente, tenemos siempre la razón. Sobre todo si al lado se tiene un perro que avala tus opiniones con sólo mostrar su gingivitis al resto de contribuyentes del vecindario. Resulta muy agradable ir por la calle y que un perro se te acerque con cara de malas pulgas, pese a su collar antiparasitario. El dueño te dice que sólo quiere jugar, aunque tú le ves un perfil de hijueputa que no te gusta un pelo. Sólo cuando ya ve que su perro empieza a ponerse la servilleta, se descuelga con la frase favorita de todos los dueños: el perro no muerde.

Eso, señor mío, es como decir que el toro no embiste. Solemos cogerles tanto cariño a nuestros animales domésticos, que muchas veces ese mismo afecto nos ciega, y luego pasa lo que pasa. Es lo que sucede también con el entrañable personaje de la suegra, como me gusta llamarlas con cariño. Estos seres, desconocidos durante el noviazgo, irrumpen con fuerza en tu vida en cuanto acaba Paquito Chocolatero. Es cierto que algunas salen buenas, como los productos de los chinos, pero cuánto se aligerarían los juzgados si la mayoría de las suegras dejasen de banderillear al hijo que han ganado por no perder otro. Esta afición suya tan ancestral, implica siempre el comienzo de las divisiones de opiniones en miles de matrimonios. Mientras el hijo biológico considera que su madre siempre ha merecido la dos orejas, el político se conforma conque no sean las suyas.

Pero nada de esto es comparable al momento en que el entrañable personaje se convierte en abuela. Sus nietos, especialmente si son hijos de la hija, se convierten en el non plus ultra. Esa pasión de abuela acaba siendo contagiada a los padres de las criaturas. Hasta tal punto, que si el niño regresa de la escuela con un trofeo auditivo, a los padres les faltará tiempo para presentarse en el colegio con el perro, y a veces hasta con la suegra, protestando por la poca higiene del centro. A ver si les van a infectar al niño, que va para premio Nobel. Si se descubre que la oreja es de otro niño, reprenderán a éste por dejarse olvidados trozos de sí mismo. Y si es del profesor, los agraviados padres exigirán su despido para que, ya puestos, su modélico hijo lo sustituya.