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martes, 6 de noviembre de 2007

Nadie es perfecto

Anoche, por gentileza de un vecino, tuvimos concierto de Serrat. El disco no era de los más conocidos, pues no cantaba a Miguel Hernández o a Machado, ni siquiera a Penélope o a Lucía cuando aún creía que eran mozuelas. Sin embargo, esas estrofas del noi de Poble Sec sirvieron para que mi pequeña calle fuese lírica por una vez, ya vale de tanto Camela. Entré ya comenzado en el improvisado recital, pero enseguida me prendé de una canción hermosa y triste, sobre el recuerdo de un amor que pudo haber sido y no fue. Personajes solitarios, vidas cruzadas, calabazas que acaban protagonizando un cuento sin final feliz. La Cenicienta siempre se larga con un potentado que tiene un chalé sin hipoteca en la Costa Brava. Así es la vida, tron.

Amamos, reímos, follamos (poco), lloramos, bramamos (demasiado), y entre tanto unos se meten con Rajoy y otros con Zapatero. Pobres seres humanos, que nos pasamos la vida etiquetando a todo cuanto nos rodea, empezando por nosotros mismos. Al menos nos queda el consuelo de que, a una mala, podremos ganarnos la vida en el Carrefour. Entre nuestras múltiples e inconfesadas aficiones, tampoco podemos obviar la de recomendar la óptica más cercana al pobrecito que no ve que tenemos razón, para luego indignarnos con un viajero que protesta porque con nuestra viga no hay manera de leer el periódico. Progre o facha tenía que ser, el muy desgraciado. Seguro que no se le levanta ni dándole palmas por soleares. Pero quien acaba jodido, y bien, eres tú. Luego vuelves a casa, y la pillas en la cocina, embadurnada de harina. Para que luego le diesen un oscar a Roberto Benigni por decir que la vida es bella.

La vida, es como los matrimonios de la tele pero sustituyendo las risas por sardinas, también enlatadas, aprovechando que no las han subido, todavía. Hoy, probablemente, tu jefe te volverá a mandar para ayer un informe más inútil que él, tus hijos no te llamarán porque no es el día de tu santo, o tu marido te recordará que como mamá cumple años, el domingo tienes que comer paella en casa de tu suegra. Es entonces cuando surge en ti, repentinamente, la tentación de adentrarte en el mercado negro para agenciarte un Kalashnikov sin silenciador. Por una vez que estás dispuesto a liarla, que disfruten también los vecinos de la mascletá, e incluso, si sobra munición, puede que la gastes en ellos, que en la última junta te quedaste con algunas de sus caras. Pero al final, una vez más, te vuelves a acobardar. Mañana será otro día, piensas. Y optas por seguir escuchando las miserias humanas que, bien cantadas, tampoco parecen tan malas.

viernes, 2 de noviembre de 2007

La soledad del genio

En su infancia son felicitados por sus excelentes notas, suscitando a partes iguales envidias de sus compañeros y aplausos de sus profesores. Son como los demás críos de su edad, con ansias de juegos y diversión, de ponerse el tazón de leche por montera. Pero demasiado pronto descubren que los Reyes Magos son los padres, y que la vida no es como la soñaron en tantas tardes de lluvia, junto a su leal amigo imaginario. Esa portentosa imaginación, entonces, surcaba los cielos estrellados de las infinitas galaxias, cuando ellos todavía se sentían queridos. Volar era posible, pues en su vocabulario vital aún no habían irrumpido palabras como miedo o rechazo. Mientras, a los preocupados padres, les tranquilizaban con el diagnóstico de que el único problema del niño consistía en que era muy inteligente, por eso coleccionaba dieces como otros sellos.

Al llegar a la adolescencia, el superdotado comienza a sentir algo que no puede ni se atreve a explicar, pues no quiere seguir fomentando su imagen de rara avis, de inadaptado social. Él se sabe distinto. Ni mejor ni peor que los demás, simplemente distinto. Quizá es su portentosa inteligencia, su extraordinaria sensibilidad, su capacidad para ver un poco más allá. No lo sabría asegurar. Lo que sí sabe es que sólo tiene dos opciones: atentar contra su propia naturaleza saboteándose, optando por ser el más ciego entre los ciegos y así poder sobrevivir, o seguir siendo él mismo aun a riesgo de ser invisible para un mundo al que ama, pese a no ser correspondido. Desgraciadamente, la gran mayoría se decantan por la primera opción, pues las presiones sociales y familiares son demasiado fuertes como para atreverse a ser una isla en un océano competitivo que no entienden, porque las zancadillas, los peloteos y las envidias nunca formaron parte del universo del talento.

Siempre se dijo que es muy fina la línea que separa la genialidad de la locura pero, ¿cómo no van a volverse locos quienes sabiendo que pueden aportar tanto, son maltratados por una sociedad que rechaza todo aquello que no comprende? Ellos podrían escribir las mejores líneas para la historia de un país que, sistemáticamente, ha repudiado a muchos de sus mejores talentos. Esas dos Españas necias, ruines, envidiosas, que siempre disfrutaron más con la derrota ajena que con el éxito propio. A Soledad, a Mercedes, a Nicolás y a tantos otros superdotados de este reportaje, sólo les queda intentar recuperar la seriedad con que jugaban de niños, que decía Nietzsche, cuando todavía eran ellos mismos. Probablemente ésa sea la única fórmula para alcanzar su felicidad, aunque tengan que seguir jugando solos. Los locos de este lado siempre estaremos en deuda con ellos.

miércoles, 19 de septiembre de 2007

Jugar por jugar

Los periodistas deportivos, la flor y nata intelectual de nuestro país, han hecho correr ríos de bits explicando por qué no entró el tiro de Gasol. La derrota ante el antiguo enemigo comunista ha sido analizada por la prensa con tintes de tragedia, como si los inmigrantes que llegan diariamente a las costas de Benidorm viniesen a bailar Los pajaritos. Al ser inútil recrearse en la derrota, cambié de canal en cuanto sonó la bocina y me dispuse a ver el programa de humor de Íker Jiménez en Cuatro, para subirles un poco el share. De todas formas, no es necesario subirse a la nave del misterio para averiguar qué les ocurrió a los muchachos de Pepu: se olvidaron de jugar. Con esto no quiero decir que sus mentes fuesen abducidas por alienígenas contratados por Putin. Simplemente dejaron de ser ese grupo de amigos que se divierten echando unas canastas, y que entre pocha y pocha ganaron el Mundial de Japón.

En la fase final de Madrid perdieron la seriedad con que jugábamos de niños, que decía Nietzsche. ¿Cuánto ali-hops se vieron contra Grecia y Rusia? ¿Uno? ¿Dos? Sin embargo cuando el oro nipón era raro que no hubiese al menos uno por cuarto. Las estadísticas nos hablan de los porcentajes de tiros de campo y tiros libres, rebotes ofensivos y defensivos, pérdidas de balón, etc. Pero no incluyen los ali-hops, porque sería como si las de fútbol contabilizasen los goles olímpicos (o de corner). Esas filigranas de los chicos de Pepu, propias de adolescentes que intentan conquistar a sus arrobadas compañeras en el recreo del instituto, eran la mejor expresión del entusiasmo con que jugaban. Hasta que cada uno de los cuarenta y pico millones de nacionales les pusimos una medalla de oro en el cuello. Desde entonces, lógicamente, ya no pudieron levantar cabeza.

Los héroes de Japón eran doce jóvenes que se lo pasaron bomba con las de Navarro y con las virguerías del resto del plantel. Pero llegaron las fotos, los compromisos publicitarios e institucionales y los besamanos políticos. Los chavales que hace un año sin Gasol barrieron a Grecia, acabaron perdiendo la inocencia. No es lo mismo jugar para divertirse y de paso ganar, que ganar como sea, por lo civil o lo militar, que dijo Itu en La Sexta. Esa aplastante responsabilidad los derrotó. Tanta era la angustia en sus rostros que Serrat podría haber bajado a cantarles La Saeta, ya que estaba en las gradas como tantos otros por la filosa. Pero cuando estén lejos de la fatua solemnidad de quienes sólo buscaron robarles el brillo del oro, volverán a jugar con esa contagiosa alegría de patio de colegio, aquélla que nos hizo tan felices.

martes, 18 de septiembre de 2007

El horario infantil

A la vuelta del colegio, en mi ya lejana infancia, devoraba bocadillos de chorizo de Pamplona mientras leía en un Superhumor las aventuras de Zipi y Zape, Mortadelo y Filemón, Pepe Gotera y Otilio, El botones Sacarino, y tantos otros entrañables personajes cuyas atolondradas existencias divertían una niñez solitaria pero probablemente feliz. Ahora pienso que aquellas migas que cayeron entre sus hojas pudieron servir para alimentarlos cuando yo cerraba el libro hasta la próxima, que sería muy pronto. De algún lugar tenían que sacar la energía para representar una y otra vez la misma función, entonces no había vídeo, y lograr que su único espectador la disfrutase tanto como el primer día, como esos bocadillos que nunca sabrán como entonces. Sería interesante descubrir en qué momento de nuestras vidas nos extraviamos para siempre.

Los niños de los ochenta disfrutábamos con Barrio Sésamo y sus inmejorables Espinete y Don Pimpón, Epi y Blas, el conde Draco, Coco y demás entrañable fauna. La tarde entonces era nuestra, como el sabadete night de los adultos en edad de gozar, mientras nosotros soñábamos con el hermanito que vendría de París y los Reyes Magos de Oriente. Sobre todo con estos últimos. Han pasado veinticinco años -¿tantos?- en los que hemos traicionado a los bocadillos con sandwiches y a los vasos de Colacao con el Actimel. Son los nuevos dogmas de la pedagogía moderna, que aconseja un relevo generacional uniforme en su educación, vestimenta y alimentación. Como uniforme es la programación televisiva con que, por un puñado de euros, se mancilla impunemente su inocencia.

Si un niño español enciende esta tarde la tele sin artificieros que lo asistan, verá que nuestros María Luisa Seco y Torrebruno han sido suplantados por María Patiño y Jaime Peñafiel; Tom y Jerry por Isabel Pantoja y Julián Muñoz; Willy Fog por Pocholo; Los Cinco por los Dieciséis de Gran Hermano; David el gnomo por Jorge Javier Vázquez y Tom Swayer por Paquirrín. Nuestra fauna era educativa y tierna. Ésta es caza mayor. Lástima que no suelten al Rey por los distintas cadenas para hacer tiro al plató televisivo.

Los niños son violentados por pederastas que se están propagando por la red, como un devastador virus que sacude nuestras miserables conciencias. Pero también lo son por programadores televisivos que no respetan la sagrada infancia. Unos violan sus cuerpos y otros sus mentes. Mientras en el tercer mundo con sólo cinco años les entregan armas para matar y morir, aquí, en el supuestamente primero, los aniquilamos con mayor sutileza. Malditos demagogos quienes defienden Educación para la Ciudadanía, en las mismas cadenas donde diariamente extravían a una infancia que ya sólo les importa como consumidora de basura a precio de oro.

viernes, 14 de septiembre de 2007

Quizás, quizás, quizás

Aunque el Metro no sea el lugar más adecuado para reflexionar, a veces es el único que nos permite la vida moderna. Entre mochilas, jamonas embutidas y adictos a la PSP y al iPod, acabas acostumbrándote a la monótona melodía de los convoyes y sus trashumantes viajeros. Ayer, servidor de ustedes, cavilaba en su vagón sobre lo caro que últimamente se ha puesto el pollo. Quizá gracias a esa subida mi pollero del mercado de Maravillas se ha podido comprar un pedazo de todoterreno. Pero seguro que su nuevo carro no funciona con los biocombustibles en los que se ha escudado para subirme las pechugas.

En ésas me encontraba cuando, en el otro extremo del vagón, comenzó a sonar una clásica melodía. Descubrí entonces que posiblemente la música sea el único arte que pueda contravenir las leyes de la física. En ocasiones unas simples notas anteceden a cualquier imagen, ya sea externa o mental. Eso me ocurrió con el viejo acordeonista que tocaba un viejo acordeón. Sólo la melodía que arrancó a su instrumento me permitió advertir su modesta presencia.

Acompañado por la soledad del Metro, rememoré la letra del bolero que a duras penas salía de su acordeón. “Siempre que te preguntas que cuándo, cómo y dónde, tú siempre me respondes quizás, quizás, quizás”. Aunque originalmente fue un canto a las calabazas, descubrí que esas mismas preguntas nos las hacemos tú y yo constantemente. Nos asaltan nuestras dudas y temores, dejando pasar las estaciones como viajeros indecisos en el suburbano de la vida. Probablemente porque temamos salir a la superficie. Pero no siempre viajamos en una línea circular que nos brinde una segunda oportunidad de apearnos en la estación deseada.

“Y así pasan los días, y yo desesperado...”, y los meses, y los años. Y la vida. La dejamos pasar sin luchar por nuestro sueños, temerosos de ser rechazados por nuestro entorno. “Estás perdiendo el tiempo pensando, pensando... Por lo que tú más quieras, ¿hasta cuándo?, ¿hasta cuándo?” ¿Hasta cuándo vamos a permanecer paralizados por nuestros respectivos miedos y tribus? Pensamos demasiado y actuamos muy poco, sublimando nuestros instintos más puros en aras de ser normal, de ser como los demás. Y así encajar en un ejército de desesperados que corren temerosos sin saber hasta cuándo. Quizá hasta que aprendamos de nuestra madre naturaleza que la mariposa nunca trata de ser un roble.

viernes, 7 de septiembre de 2007

El perro no muerde

Si ya lo decía Campoamor: “En este mundo cruel nada es verdad o es mentira, todo es según del color del cristal con que se mira”. Ahora, probablemente, no se limitaría a llamarlo cruel. Lo que sí parece irrefutable es que, como entonces, todos tenemos nuestro punto de vista y también todos, casualmente, tenemos siempre la razón. Sobre todo si al lado se tiene un perro que avala tus opiniones con sólo mostrar su gingivitis al resto de contribuyentes del vecindario. Resulta muy agradable ir por la calle y que un perro se te acerque con cara de malas pulgas, pese a su collar antiparasitario. El dueño te dice que sólo quiere jugar, aunque tú le ves un perfil de hijueputa que no te gusta un pelo. Sólo cuando ya ve que su perro empieza a ponerse la servilleta, se descuelga con la frase favorita de todos los dueños: el perro no muerde.

Eso, señor mío, es como decir que el toro no embiste. Solemos cogerles tanto cariño a nuestros animales domésticos, que muchas veces ese mismo afecto nos ciega, y luego pasa lo que pasa. Es lo que sucede también con el entrañable personaje de la suegra, como me gusta llamarlas con cariño. Estos seres, desconocidos durante el noviazgo, irrumpen con fuerza en tu vida en cuanto acaba Paquito Chocolatero. Es cierto que algunas salen buenas, como los productos de los chinos, pero cuánto se aligerarían los juzgados si la mayoría de las suegras dejasen de banderillear al hijo que han ganado por no perder otro. Esta afición suya tan ancestral, implica siempre el comienzo de las divisiones de opiniones en miles de matrimonios. Mientras el hijo biológico considera que su madre siempre ha merecido la dos orejas, el político se conforma conque no sean las suyas.

Pero nada de esto es comparable al momento en que el entrañable personaje se convierte en abuela. Sus nietos, especialmente si son hijos de la hija, se convierten en el non plus ultra. Esa pasión de abuela acaba siendo contagiada a los padres de las criaturas. Hasta tal punto, que si el niño regresa de la escuela con un trofeo auditivo, a los padres les faltará tiempo para presentarse en el colegio con el perro, y a veces hasta con la suegra, protestando por la poca higiene del centro. A ver si les van a infectar al niño, que va para premio Nobel. Si se descubre que la oreja es de otro niño, reprenderán a éste por dejarse olvidados trozos de sí mismo. Y si es del profesor, los agraviados padres exigirán su despido para que, ya puestos, su modélico hijo lo sustituya.