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miércoles, 10 de octubre de 2007

La leche

Ocurrió hace sólo unos días. Mis allegados ya me lo advirtieron, pero yo no les quise creer. Confiaba en que sólo fuesen rumores, truenos que se pierden lejanos al otro lado de las montañas mientras en estos prados todavía luce el sol. Fui el último en enterarme, como siempre: ella me era infiel con otro hombre más rico que yo. Pasé de la incredulidad a la desolación. Y lo peor es no que no puedo enfrentarme al que me la ha robado, pues los ladrones de guante blanco no dejan huellas. Supongo que le ha debido prometer un cencerro dorado y treinta días en Suiza, donde tendrá las cuentas que no paran de engordar a mi costa, ahora que le pago por ella un 20% más.

Yo siempre te fui fiel, vaquita mía. A diario encontré leche de otras vacas que intentaban flirtear conmigo, pero nunca me fui con otra. Te había cogido cariño tras varios años de un idilio lácteo ininterrumpido. No dimos ni un mal escándalo al Tomate, y nuestros allegados ya nos consideraban una pareja de hecho. Eras una más de la familia. ¿Por qué me has hecho esto? ¿Por qué el oro blanco que emanan tus esplendorosas ubres es hoy mucho más caro que hace una semana? Como veo que das la callada por respuesta quiero el divorcio. Espero que encuentres un empresario que te comprenda y te quiera más que nadie. Entonces yo daré la media vuelta y me iré con el sol cuando muera la tarde, como Los Panchos. Pero debes saber que me voy decepcionado contigo, en busca de otros pastos y otras ubres que se hayan vendido menos al capital. Me has traicionado con el patrono, con lo progresista que eras cuando nos conocimos cantando La Internacional, ¿recuerdas?

Pero debo enjugar mis blancas lágrimas y buscarme a otra, aunque no será fácil olvidarla. Como tampoco debería de olvidar la ley de memoria histórica a aquellas heroicas nodrizas de posguerra. Qué hubiese sido de muchas personas sin la leche de esas mujeres, que secaban sus pechos para amamantar a medio barrio y a un recluta goloso que estaba haciendo la mili en Colmenar. De esa época, incluso antes de que se apruebe la ley, ya se están recuperando las vacaciones de tortilla con moscas en el pantano, para desgracia de Viajes Marsans. Vuelven los tiempos de escaseces, a esta España que hoy paga lo mismo por un litro de leche que de gasolina. Eso sí, si nos viésemos obligados a elegir, yo preferiré tener un coche que un hijo. El plan Prever me dará quinientos euros más que el Gobierno, y además tendré la seguridad de que es mío.

viernes, 7 de septiembre de 2007

El perro no muerde

Si ya lo decía Campoamor: “En este mundo cruel nada es verdad o es mentira, todo es según del color del cristal con que se mira”. Ahora, probablemente, no se limitaría a llamarlo cruel. Lo que sí parece irrefutable es que, como entonces, todos tenemos nuestro punto de vista y también todos, casualmente, tenemos siempre la razón. Sobre todo si al lado se tiene un perro que avala tus opiniones con sólo mostrar su gingivitis al resto de contribuyentes del vecindario. Resulta muy agradable ir por la calle y que un perro se te acerque con cara de malas pulgas, pese a su collar antiparasitario. El dueño te dice que sólo quiere jugar, aunque tú le ves un perfil de hijueputa que no te gusta un pelo. Sólo cuando ya ve que su perro empieza a ponerse la servilleta, se descuelga con la frase favorita de todos los dueños: el perro no muerde.

Eso, señor mío, es como decir que el toro no embiste. Solemos cogerles tanto cariño a nuestros animales domésticos, que muchas veces ese mismo afecto nos ciega, y luego pasa lo que pasa. Es lo que sucede también con el entrañable personaje de la suegra, como me gusta llamarlas con cariño. Estos seres, desconocidos durante el noviazgo, irrumpen con fuerza en tu vida en cuanto acaba Paquito Chocolatero. Es cierto que algunas salen buenas, como los productos de los chinos, pero cuánto se aligerarían los juzgados si la mayoría de las suegras dejasen de banderillear al hijo que han ganado por no perder otro. Esta afición suya tan ancestral, implica siempre el comienzo de las divisiones de opiniones en miles de matrimonios. Mientras el hijo biológico considera que su madre siempre ha merecido la dos orejas, el político se conforma conque no sean las suyas.

Pero nada de esto es comparable al momento en que el entrañable personaje se convierte en abuela. Sus nietos, especialmente si son hijos de la hija, se convierten en el non plus ultra. Esa pasión de abuela acaba siendo contagiada a los padres de las criaturas. Hasta tal punto, que si el niño regresa de la escuela con un trofeo auditivo, a los padres les faltará tiempo para presentarse en el colegio con el perro, y a veces hasta con la suegra, protestando por la poca higiene del centro. A ver si les van a infectar al niño, que va para premio Nobel. Si se descubre que la oreja es de otro niño, reprenderán a éste por dejarse olvidados trozos de sí mismo. Y si es del profesor, los agraviados padres exigirán su despido para que, ya puestos, su modélico hijo lo sustituya.