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viernes, 7 de septiembre de 2007

El perro no muerde

Si ya lo decía Campoamor: “En este mundo cruel nada es verdad o es mentira, todo es según del color del cristal con que se mira”. Ahora, probablemente, no se limitaría a llamarlo cruel. Lo que sí parece irrefutable es que, como entonces, todos tenemos nuestro punto de vista y también todos, casualmente, tenemos siempre la razón. Sobre todo si al lado se tiene un perro que avala tus opiniones con sólo mostrar su gingivitis al resto de contribuyentes del vecindario. Resulta muy agradable ir por la calle y que un perro se te acerque con cara de malas pulgas, pese a su collar antiparasitario. El dueño te dice que sólo quiere jugar, aunque tú le ves un perfil de hijueputa que no te gusta un pelo. Sólo cuando ya ve que su perro empieza a ponerse la servilleta, se descuelga con la frase favorita de todos los dueños: el perro no muerde.

Eso, señor mío, es como decir que el toro no embiste. Solemos cogerles tanto cariño a nuestros animales domésticos, que muchas veces ese mismo afecto nos ciega, y luego pasa lo que pasa. Es lo que sucede también con el entrañable personaje de la suegra, como me gusta llamarlas con cariño. Estos seres, desconocidos durante el noviazgo, irrumpen con fuerza en tu vida en cuanto acaba Paquito Chocolatero. Es cierto que algunas salen buenas, como los productos de los chinos, pero cuánto se aligerarían los juzgados si la mayoría de las suegras dejasen de banderillear al hijo que han ganado por no perder otro. Esta afición suya tan ancestral, implica siempre el comienzo de las divisiones de opiniones en miles de matrimonios. Mientras el hijo biológico considera que su madre siempre ha merecido la dos orejas, el político se conforma conque no sean las suyas.

Pero nada de esto es comparable al momento en que el entrañable personaje se convierte en abuela. Sus nietos, especialmente si son hijos de la hija, se convierten en el non plus ultra. Esa pasión de abuela acaba siendo contagiada a los padres de las criaturas. Hasta tal punto, que si el niño regresa de la escuela con un trofeo auditivo, a los padres les faltará tiempo para presentarse en el colegio con el perro, y a veces hasta con la suegra, protestando por la poca higiene del centro. A ver si les van a infectar al niño, que va para premio Nobel. Si se descubre que la oreja es de otro niño, reprenderán a éste por dejarse olvidados trozos de sí mismo. Y si es del profesor, los agraviados padres exigirán su despido para que, ya puestos, su modélico hijo lo sustituya.

viernes, 10 de agosto de 2007

De puente

Hoy millones de españolitos nos tomamos unas cortas vacaciones aprovechando un día festivo en mitad de semana. O sea, que nos vamos de puente. Los pueblos de la familia suelen ser los lugares elegidos para pasar estos días. Muchos dirán que van allí porque se está como en ningún sitio, pero la verdad es que la suegra y el euribor son los verdaderos motivos. Está claro que tener que tragarse el culebrón sobre la posguerra en La Primera, mientras sudas la gota gorda con el único alivio de un ventilador, no es la mejor forma de pasar las sobremesas de tus vacaciones. Pero mamá está muy mayor y me necesita más que nunca, Mariano.

Así que Mariano hoy se escaqueará un poco antes del curro, para seguir currando en casa. Le espera cargar el coche con dos maletas, cuatro bolsas llenas de comida y la nevera portátil para el pantano. Una vez que le haya pasado la carga al coche, su mujer le sugerirá que cuando vuelva el jefe de vacaciones le pida un ascenso para comprar un todoterreno, pues en él irían todos más anchos y adelantarían más. Pues lo llevas claro, morena. Aparte del cariño que le tiene a su Ibiza, ni aunque le tocase la lotería se compraría otro coche. ¿Para qué? ¿Para además de ir cargado como un burro tener que cargar también con tu madre? No me extraña que se disparen en otoño las tasas de divorcios.

En fin, que no has salido de casa todavía y ya estás encabronado. Sólo de pensar en las comidas familiares y en tener que oír los efectos de los laxantes en tu suegra cuando acude al baño, y a veces en cualquier otro metro cuadrado de la casa, y eso que las paredes son de piedra, le entran ganas a uno de encadenarse a un árbol del Paseo del Prado, como la Thyssen. Aunque mejor no, porque a mí los mosquitos me tienen mucho cariño y hoy voy de amarillo. Espero que mi santa se acuerde de haber metido el Autam, pues de lo contrario cualquier día no lo cuento. La última vez se le olvidó y, de las seis personas que fuimos al pantano, yo fui el único acribillado. A la vuelta aprovecharé para ofrecerme a Bayer. Ya os contaré.